Francisco Schwartau
Una Historia Que Merece Ser Contada
Por: Caleb Avila
Director/Fundador
Periódicos El Perico y Lone Star Tx
¿Qué tal, amigos? Reciban un saludo cariñoso.
Hoy quiero compartir con ustedes la historia de un hombre muy especial, una persona cuya lealtad, cariño y dedicación han dejado una huella profunda en mi vida y en la historia de mis periódicos.
Su nombre es Francisco Schwartau, y esta es una historia que merece ser contada.
Mi editorial comienza con el recuerdo de una llamada telefónica inesperada.
Era un hombre que se comunicó conmigo después de encontrar uno de mis periódicos en alguna tienda.
Con mucho respeto, me dijo: “Señor, si usted es el dueño de este periódico, por favor, permítame la oportunidad de escribir y trabajar con usted. No le pido dinero, no necesito dinero, pero lo mío es escribir y, sin eso, no soy feliz”.
Recuerdo aquellos tiempos. Francisco era un hombre apuesto, gerente general de una compañía de alquiler de automóviles. Tenía el cabello tan largo que incluso acostumbraba llevarlo en trenzas. Al verlo, uno podía darse cuenta de que era una persona de grandes conocimientos, con una preparación y una experiencia que pertenecían a un mundo que, en aquel entonces, todavía no era el mío.
Aquella llamada fue el comienzo de una relación que habría de perdurar durante muchos años. Tiempo después tuve la oportunidad de conocerlo personalmente, hace aproximadamente 20 años.
Hoy puedo decir con orgullo que Francisco Schwartau es una de las personas que más ama mis periódicos. Es quien demuestra una pasión y un cariño extraordinarios por ellos, quien los presume con orgullo y nunca pierde la oportunidad de mostrarlos a los demás.
Mientras algunas personas que recibieron grandes beneficios de estos periódicos prefieren esconderlos, Francisco siempre los lleva con orgullo y los comparte con quienes lo rodean.
Con el paso del tiempo, llegué a la conclusión de que ya no era necesario que yo estuviera tan involucrado en la dirección de los periódicos. Decidí entonces entregar mi espada, es decir, confiar esa responsabilidad a otra persona.
Pasaron varios años. Durante todo ese tiempo, Francisco continuaba ahí, fiel a su compromiso y a su amor por los periódicos, pero parecía que su presencia y su trabajo ya no tenían la importancia que verdaderamente merecían.
Hasta que un día, después de tantos años, estuve muy cerca de donde él se encontraba y sentí en mi corazón el deseo de ir a visitarlo.
Cuando llegué, pude ver, a través del vidrio, una pequeña lágrima en sus ojos. En su rostro se reflejaba la alegría que le produjo volver a verme después de tantos años de ausencia, a pesar de todo lo que él me había dado.
Nos abrazamos. Fue un abrazo largo, sincero y lleno de sentimientos.
Aunque nuestro encuentro no duró mucho, aquel momento quedó profundamente grabado en mi corazón.
Me sentí feliz de volver a verlo, pero esa alegría se convirtió en tristeza cuando le pregunté cuánto le estaban pagando por su trabajo.
Al escuchar su respuesta, sentí un dolor profundo. Era una cantidad tan pequeña, tan miserable, que no podía comprender cómo un hombre que había entregado tanto amor, esfuerzo y dedicación podía estar recibiendo tan poco.
En ese instante recordé a aquellas personas que viven en grandes mansiones, rodeadas de comodidades y privilegios, pero que esconden el mismo producto que tanto las ha bendecido.
Me sentí miserable al descubrir que un hombre que me había dado tanto estaba recibiendo prácticamente una limosna por su esfuerzo y su lealtad.
Aquello me hizo reflexionar profundamente sobre la injusticia, la falta de reconocimiento y la manera en que, muchas veces, quienes más entregan son precisamente quienes menos reciben.
Ese día le hice una promesa a Francisco: su bendición sería aumentada.
También le prometí que, de ahora en adelante, procuraría acercarme a él cada vez que tuviera la oportunidad, porque personas como Francisco merecen mucho más que palabras de agradecimiento.
Le pedí perdón por mi abandono, por los años de ausencia y por no haber estado más cerca de alguien que tanto había hecho por mí y por mis periódicos.
Al mismo tiempo, agradecí a Dios por permitirme reconocer el valor de personas como Francisco Schwartau, Luis Godoy y mi amigo Ernesto, hombres que me han dado tanto y que, muchas veces, prefieren mantenerse discretamente al margen, sin exigir nada a cambio.
Mientras ellos entregaban su esfuerzo y su cariño sin buscar reconocimiento, otros disfrutaban de grandes privilegios, vivían en mansiones y ni siquiera presumían el origen de las bendiciones que habían recibido.
Hoy quiero dedicar este editorial a Francisco Schwartau, porque su historia merece ser contada.
Francisco, muchas gracias por todo el amor que has demostrado durante estos años. Gracias por tu lealtad, por tu entrega y por todo lo que me has dado.
Gracias, especialmente, por aquel último abrazo, que todavía llevo marcado en mi pecho y que jamás olvidaré.
Le pido a Dios que me conceda más tiempo para volver a verte, para agradecerte personalmente todo lo que has hecho por nosotros y para compensarte por aquello que, sin darme cuenta, te fue quitado.
Porque hoy reconozco que también tengo una responsabilidad en lo sucedido. Aunque no lo sabía, me siento culpable por no haber estado presente para reconocer y valorar tu esfuerzo como verdaderamente lo merecías.
Agradezco profundamente a Dios por haber puesto en mi camino a personas como Francisco Schwartau, seres humanos que nos enseñan que la verdadera riqueza no se encuentra en las mansiones, los lujos ni los privilegios, sino en la lealtad, el amor y la sinceridad con que entregamos nuestro corazón a los demás.
Por eso, hoy declaro que esta es una de las historias que más merecen ser contadas.
Francisco Schwartau, gracias por tu amistad, por tu lealtad y por nunca dejar de amar nuestros periódicos.
Que Dios bendiga a Francisco y a cada uno de ustedes. Dios los bendiga a todos.
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