Soldado Herido
Una historia que merece ser contada
Por: Caleb Ávila
Director/Fundador
Periódicos El Perico y Lone Star Tx

¿Qué tal, amigos? Un saludo cariñoso, dondequiera que ustedes se encuentren. Esta historia se refiere a mí, a mis 62 años de vida. Al maestro, al fundador, al dueño y, sobre todo, al soldado que un día fue herido después de un divorcio injusto que terminó con muchas de las ilusiones que siempre tuve de ser padre.

Siempre quise ser un hombre honorable, formado con los valores de aquella madre tan hermosa que decía a los hijos que crió: «No importa lo que me digan, no importa. Yo sé quiénes son, porque yo los crié».

Puedo decir que somos cinco hermanos, tres de ellos varones. Tal vez he sido el único que ha estado expuesto a situaciones extremas. A pesar de todo, me siento muy orgulloso de mis hermanos.

También puedo decir que hubo momentos en mi vida en los que fui considerado la oveja negra de la familia. Tal vez el mal portado, tal vez el que menos sabía. Muchas veces fui utilizado como ejemplo para desmotivar a alguien.

Pero Dios me ha bendecido. He sido como ese soldado herido que, una y otra vez, encontraba personas dispuestas a ponerlo frente al paredón de fusilamiento para dispararle.

Con el tiempo, uno llega a un punto en el que ya no sabe ni por qué lucha ni para qué lucha, porque siente que no tiene nada. Y yo, en ocasiones, siento que no tengo nada.

No hay muchas cosas de las que pueda sentirme orgulloso. Tal vez hoy en día ni siquiera sea el padre que mis hijos desean o que alguna vez desearon tener.

En muchas ocasiones, este soldado ha recibido heridas profundas, pero siempre ha logrado levantarse.

Dios ha sido bueno conmigo. He luchado y he aprendido que las cosas materiales no son lo más importante. No me importa el dinero ni las riquezas. Agradezco simplemente tener abrigo, salud y comida. Esa ha sido mi lucha y mi manera de entender la vida, porque el dinero, cuando no se necesita, tampoco garantiza la felicidad.

Puedo decirles que ahora las heridas son diferentes. Ya no se trata tanto de las personas que me disparan o que me ponen frente al paredón de fusilamiento. Ya no son aquellas heridas provocadas por las acciones de los demás.

Pero puedo decirles, honestamente, que ahora la vida comienza a asustarme.

Mi cuerpo empieza a avisarme. Mi cuerpo me dice que este soldado ya no puede soportar muchas heridas más. A veces me envía señales que parecen decirme: «Hey, relax, take it easy».

Sin embargo, vengo de aquella madera de la que estaba hecha mi madre, de esa fortaleza que nos enseñó que uno no puede detenerse ni rendirse, por más herido que se encuentre, aunque le duela el corazón o aunque el cuerpo resienta cada una de las heridas recibidas.

Simplemente hay que seguir adelante, porque cuando nos detenemos, sentimos que todo se acaba. Y si algún día todo tiene que terminar, entonces que nos encuentre caminando, que nos encuentre corriendo, como siempre aprendimos a hacerlo.

Este soldado herido ya no les promete mucho. Y aunque quizá sientan que no les he dado nada, hoy les digo que ya no puedo prometerles demasiado.

Porque ahora las heridas ya no provienen de las personas ni de las situaciones que enfrentamos. Son heridas que deja la propia vida, cuando parece que ya no tiene mucho más que ofrecernos, cuando comenzamos a sentir que la luz se apaga y que hasta respirar cuesta trabajo.

Si algún día dejan de verme, quiero que sepan que estoy contento y orgulloso por todo lo que Dios me permitió vivir, por todas las bendiciones que recibí y por cada una de las batallas que tuve que enfrentar.

Y si algún día me toca partir, deseo hacerlo con alegría y con el corazón agradecido, porque hasta el día de hoy siento que no tengo cuentas pendientes ni explicaciones que dar sobre mi partida.

Es posible que, cuando llegue el momento final de este soldado herido, no pida tener a nadie a mi lado.

Pero quiero que sepan que, a pesar de las heridas, de las caídas, de las decepciones y de las luchas, siempre he tratado de mantenerme de pie.

Porque eso fue lo que aprendí de mi madre, eso fue lo que la vida me enseñó y eso es lo que, con la ayuda de Dios, he intentado hacer hasta el día de hoy.

Ten-four. Hasta un próximo editorial. Que Dios les bendiga a todos. Amén.