Susana Solórzano

Una Historia Que Merece ser contada

Por: Caleb Avila
Director/Fundador
Periódicos El Perico y Lone Star Tx

¿Qué tal, amigos? Soy Caleb Ávila, director y fundador del periódico El Perico de los Tardíos, en Houston, Texas. Una vez más escribo para ustedes con una de esas historias que merecen ser contadas.

En esta ocasión quiero hablar de Susana Solórzano, la última sobreviviente de una generación hermosa que marcó profundamente mi infancia y mi vida. Al pensar en aquella época, inevitablemente pienso también en mi madre, doña Julia, quizá la figura más importante de todas en mis recuerdos.

Mi padre salió de nuestro país cuando yo tenía aproximadamente ocho años. Con el tiempo, mis hermanos también se fueron y, poco a poco, aquel grupo de familias que vivíamos rodeados por un pantano comenzó a hacerse cada vez más pequeño.

En mi memoria permanecen nombres y rostros entrañables: doña Tina Selva, Isabel Guevara, Sotero Rosales y muchas otras personas y familias que formaron parte de aquel lugar. Con los años, unos se fueron y otros partieron para siempre. Al final, mi madre, doña Julia, fue una de las últimas en permanecer allí con nosotros.

¡Qué hermosos momentos aquellos! Desde hace mucho tiempo he tenido el deseo de escribir un libro sobre mi vida, una biografía que reúna los caminos que he recorrido hasta el día de hoy. Pero nunca he sido de las personas que hacen algo sin estar seguras de lo que están diciendo o haciendo.

Siempre recuerdo aquel dicho que advierte que a muchos que presumen saber montar a caballo también se les ha visto caminar a pie. Por eso creo que, antes de presumir de nuestras propias historias, debemos estar seguros de dónde venimos, porque una caída puede ser dura y, en ocasiones, muy humillante.

Con el paso de los años, la vida me ha ido mostrando que quizá sí exista la posibilidad de escribir algún día esa historia. Pero si algún día lo hago, tendría que comenzar por el principio. Tendría que volver a aquel callejón, a aquellas casas, a aquellas personas y a los recuerdos que ayudaron a formar al hombre que soy hoy.

Por eso tenía que regresar.

Tenía que abrazar a Susana Solórzano y escuchar de sus propios labios las historias que todavía guarda. Nadie conoce mejor una época que quienes la vivieron. Son sobrevivientes de luchas, sacrificios, carencias y momentos difíciles que, para quienes venimos después, pueden parecer historias lejanas.

Susana fue una de esas personas. Como también lo fue mi madre.

Mi madre fue de las últimas que se quedaron con nosotros cuando muchos otros ya habían partido. En tiempos difíciles, cuando no todos levantaban la mano para decir «aquí estoy», hubo personas que permanecieron firmes y dieron todo lo que tenían, aun cuando tenían muy poco.

Por eso yo necesitaba volver y escuchar a Susana. No quería contar una historia únicamente desde mi memoria ni engrandecerme con recuerdos que solo me pertenecen a mí. Quería escuchar de ella, frente a frente, lo que significaron aquellos años.

En el fondo, también necesitaba saber si yo había sido un buen hijo para mi madre, un buen hermano para mis hermanas y un buen vecino para quienes compartieron conmigo aquellos años.

Es fácil levantar la mano y hablar con orgullo de lo que uno cree haber sido. Pero hay algo mucho más hermoso cuando una persona que vivió aquellos momentos te mira a los ojos, te abraza y confirma con cariño que recuerda quién fuiste.

El orgullo puede ser bueno cuando nace de un corazón humilde, agradecido y consciente de sus raíces.

Mi corazón nunca me permitiría escribir una historia sobre mi vida sin regresar antes a aquel lugar y sin volver a ver a esas personas maravillosas que, cuando parecía que no había nada, encontraban la manera de darnos todo.

Visitar a Susana era, para mí, una misión pendiente.

Imagínense lo que significa volver a encontrarse con alguien que creció junto a nosotros y que todavía guarda recuerdos de aquella época. Y entonces pienso: si mi madre todavía viviera y yo tuviera la oportunidad de regresar para verla, ¿dónde creen ustedes que pasaría mi tiempo?

Sin duda estaría junto a ella.

Junto a aquella mujer maravillosa que, sin haber tenido la oportunidad de aprender a leer o escribir, nos enseñó tantas cosas. Una mujer que muchas veces no recibía nada, pero siempre encontraba la manera de darnos todo.

Regresar a aquel lugar fue, de alguna manera, pagar una deuda de amor con mi madre.

Volver al callejón, recordar nuestra casa y encontrarme con personas como Susana me hizo comprender que no habría podido sentirme completamente en paz si no regresaba para abrazar a quienes, en su momento, lucharon como soldados para alimentar, cuidar y sacar adelante a sus hijos.

Hoy me siento tranquilo y profundamente agradecido con Dios por haberme dado una nueva oportunidad de volver a ese lugar.

Y si algún día Dios me concede la oportunidad de escribir mi historia, un libro o una biografía, estará marcada por los mismos caminos que recorrí de niño, por los momentos que me formaron y por las personas que crecieron conmigo y que todavía permanecen en mi corazón.

Le doy gracias a Dios porque Susana todavía estaba allí para recibirme, abrazarme y regalarme una hermosa oración de bendición.

Dios bendiga a esas personas que quizá nunca sean famosas, que tal vez nunca sean llamadas «influencers» ni reconocidas como grandes personalidades, pero que para mí representan algo mucho más grande.

Son personas cuyo amor nunca cambió.

Por eso, volver a Susana fue también una manera de volver a mi madre, de regresar simbólicamente a nuestra casa y de agradecer por una generación que me enseñó el verdadero significado del sacrificio, la humildad y el amor.

Le doy gracias a Dios por haberme permitido cumplir esta misión.

También agradezco a todas las personas que me recibieron con cariño. Algunas apenas me conocían, pero se sentaron conmigo, me abrazaron y me hicieron sentir querido. Hubo momentos en los que pensé, con una sonrisa: «Hasta parece que me quieren».

Gracias a todos por esas muestras de afecto.

Y si Dios me lo permite, quizá algún día vuelva. No sabemos cuánto tiempo nos queda en esta vida, pero sí podemos agradecer cada oportunidad de regresar, abrazar y decir en vida lo que llevamos en el corazón.

Susana Solórzano, gracias por estar todavía allí. Gracias por tus recuerdos, por tu abrazo y por tu oración.

Que Dios bendiga a cada una de aquellas personas que formaron parte de nuestra historia y que, con muy poco, fueron capaces de darnos tanto.

En el nombre de Jesús, gracias. Amén.